martes, 16 de mayo de 2017

Hermana significa “yo”


¿Puede cambiarse el Pasado que paradójicamente se reactualiza constantemente en la vida de las personas? ¿Puede decirse algo para que se modifique eso que aparentemente solo se presenta como una ilusión de modificación? En ciertas ocasiones el pasado parece no tener solución y es esto justamente lo que se respira en Casi un feliz encuentro de Griselda Gambaro bajo la dirección de Alejandro Vizzotti, protagonizada por Claudia Mac Auliffe y Sonia Novello. En esta obra nada se resuelve porque en realidad nada hay para resolver: una mujer se encuentra frente otra mujer, otra que (también) supo ser niña. Niñas fueron las dos. Crecieron juntas, comparten el lenguaje, sin embargo, el puente no logra edificarse, algo no puede aprehenderse o abrazarse… Y quizás la razón sea que los interrogantes no terminan aquí, siempre surge la pregunta: ¿quién es esa otra frente a mí?
Una pregunta que suele quedar sin respuesta por estar precedida aún por otra, esa que cada uno se hace a sí mismo frente a la dificultad de saber quién es y todavía más si esa creación (ese que se es) es resultado del accionar del otro que comparte la sangre. Entonces cuál es el porqué de la perversidad latente cada vez que se ¿dialoga? con un familiar que formó parte de ese tiempo pasado, momento de la historia donde parecen brotar todas las marcas que nunca desaparecerán.

Laura visita a Tona en su departamento de mujer sola, divorciada, obsesiva y rencorosa. Llega de París, allí vive. Sí, en “París, el Sena, los bulevares” como le repite su hermana quien cuidó hasta el último suspiro a sus padres mientras ella vivía una feliz vida parisina llena de glamour -aunque en realidad no haya sido más que un suplicio. 
El título de la obra ya lo dice casi todo pero cómo puede una obra teatral de una sola escena que ocurre en un solo lugar en un breve lapso temporal y con pocas palabras hacer que todo ese acervo de interrogantes entorno a las posibles legitimaciones de identidad ligadas a lo fraternal se resignifiquen o logren ser vistas con conciencia de la enorme (aterradora) dificultad de la simple y compleja unión de hermanos. Gambaro parece insinuar que encontrarse con la palabra del hermano puede ser lo más difícil de alcanzar; al presentarnos a estas dos mujeres en un momento bisagra de sus vidas retoma la problemática de la incomunicación, una constante en su obra desde la década del ‘50.


 En menos de una hora las hermanas vivirán un encuentro ambiguo y contradictorio en un escenario con una austera escenografía que transmite la frialdad que se respira entre ellas aunque por instantes parezca tener cierta facilidad para disfrazarse de calidez. Esta posibilidad de disfraz también está dada por las actuaciones, cercanas a lo extravagante, que ponen en evidencia cuán ligada a la puesta en escena está la relación; que la música elegida no logre formar una unidad coherente también alude a la intensa incomunicación. A su vez, si el espectador pudiera detenerse en el “milagro” que es la fraternidad el trabajo de iluminación de la obra puede reconocerse como un acierto que a modo de nudos a los extremos de un hilo tensado sostienen el entramado interno.

Las célebres palabras del Marín Fierro sobrevuelan aunque quizás aquí la posibilidad de que los devoren los de afuera no es tan estremecedora como la posibilidad de que ante la desunión fraternal uno sea devorado por su propia otredad.


Manuela Rímoli.

Ficha técnica:
Casi un feliz encuentro de Griselda Gambaro
Dirección: Alejandro Vizzotti
Actrices: Claudia Mac Auliffe y Sonia Novello
Asistente de Dirección y Producción General: Marco Riccobene
Escenografía: Ariel Vaccaro
Vestuario: Merlina Molina Castaño
Asesoramiento sonoro: Zypce
Iluminación: Mariano Dobryz

domingo, 23 de abril de 2017

La vida, ese claroscuro. “Elisa, vida mía” (1976) Carlos Saura.

“¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño, que toda la vida es sueño, y los sueños sueños son.”
Soliloquio de Segismundo, Escena XIX, segunda jornada, “La vida es sueño”, Calderón de la Barca, 1636.

Cuando algo es calificado de barroco como sinónimo de “sobrecargado” o de “saturación” suele hacerse con cierta carga peyorativa. Sin embargo, esta sinonimia no es del todo correcta. Quizás haya en esta carga desfavorable algo de cobardía o recelo ya que lo barroco esconde algunas cuestiones un poco más intrincadas a las cuales tememos “asomarnos”.

Recibe el nombre de Barroco el período que va de fines del siglo XVI a principios del siglo XVIII, época en la cual se produce un cambio filosófico y científico profundo: si hasta entonces (durante el Renacimiento) el hombre era la medida de todas las cosas, ahora se genera un descentramiento que propone una duplicación; estamos ante una nueva figura que tiene dos caras igual de importantes pero que no operan a la vez, una está iluminada, la otra obturada. Este descentramiento pone en cuestionamiento la configuración de la Verdad ya que de un círculo copernicano perfecto que tenía un punto de referencia claro se pasa a un desdoblamiento que hace que dicha Verdad se pierda dando lugar al pensamiento de la infinitud.
Las Meninas (1656)
A raíz de esta duplicación barroca todo es representación y surge así la reflexión clave de la época: “¿qué es sueño y qué es realidad?”. Las meditaciones giran, entonces, en torno a las representaciones de representaciones, a la relación ficción-realidad. Es por ello que el teatro barroco, por ejemplo, tiene como objetivo desbordar desde lo expresivo y crear un lazo entre los dos mundos posibles. La fluidez entre la realidad y el sueño, lo real y lo representado, creada a partir de la fusión de los espacios queda en evidencia en “La vida es sueño” la obra teatral de Calderón de la Barca (España, 1600-1681) estrenada en 1635, como también en la reconocida pintura “Las Meninas” (1656) de Diego Velázquez (España, 1599-1660). 


Esta dialéctica entre “realidades” que define al espíritu barroco no ha abandonado al hombre desde entonces. Ya sea en las (re)presentaciones artísticas, en las meditaciones filosóficas o de vez en cuando en la vida, en esos momentos en que el Pasado y el Presente dialogan de manera delicada pero intensa, momentos de la existencia que (luego) reconocemos como decisivos. El diálogo es delicado porque no nos concede mensajes (conclusiones) lo suficientemente claras como para que podamos darnos cuenta cuál es la cara iluminada y cuál la obturada. Es decir, una vez más, cuál es el camino a seguir si queremos permanecer en la “realidad” que creemos es la vida misma y, osamos proclamar, la cordura.

En esta circunstancia existencial conocemos a Luis y a Elisa que no se han visto durante muchos años (él abandonó a su familia y se retiró a vivir en el campo). Ella, su hija mayor, lo visita por su cumpleaños y halla en este reencuentro la excusa (la razón) para quedarse por un tiempo, dilatando así el retorno a casa donde la espera su marido, a quien a pesar de los años de convivencia, ella misma afirma, no conoce.
  


“Elisa, vida mía” (1976) es una de las más aclamadas películas del español Carlos Saura (1932) y esto sea quizás porque, como en otras de las obras del cineasta, lo real se construye a partir de una apariencia. En este film el padre ve a su hija como una ficción que intenta transformar en novela generando a su vez en el espectador la incertidumbre frente a aquello que está viendo, ¿deseos reprimidos o rostros asimilables en el inconsciente familiar? ¿Ensoñaciones? ¿Recuerdos del pasado? ¿Qué es eso que se “ve”? (¿Acaso lo sabe el propio Luis?). 


Si bien no abundan las preguntas de índole existencialista, Luis y Elisa se cuestionan el camino recorrido de manera tan sutil que el ambiente, a lo largo de la película, se vuelve cada más barroco por sus modos, su paleta de colores y, por supuesto, sus juegos de engaño, trucos escenográficos eficaces a la hora de manifestar la falta de eficacia de los sentidos.
Así, tal vez como heredero de las meditaciones de Calderón y Velázquez, Saura sorprende con una obra barroca en pleno siglo XX. Pero, como suele suceder con creadores de su talla, hay un diálogo que insinúa establecerse entre obras a modo de contestación en la respuesta (fundamental pero no por ello sencilla) que da Luis cuando su hija le pregunta qué hace además de traducir y dar clases: “No sé, leo, pienso, respiro, paseo… vivo… que no es poco.”. Quizás ésta sea la respuesta a la pregunta de Segismundo en su célebre soliloquio.

De esta manera, sutilmente, este diálogo parece alejarnos de lo peyorativo del término “barroco”… Porque frenesí, ilusión, ¿sombra? ,¿ficción? … es probable que nadie lo sepa pero sí puede saberse que, aunque “el vivir desgasta y nos envejece” en esta vida o en su espejo, al final de cuentas, estamos vivos. 

Manuela Rímoli.

viernes, 7 de abril de 2017

El artista ¿héroe nacional? “Detrás del mito” (2015) Marcelo Rabuñal.

La mente del espectador (que muchas veces no puede disociarse del corazón) tiende a creerle ciegamente -¡qué paradoja!- al artista creador. Cuando observamos una fotografía de una figura humana sabemos que ese sujeto estuvo frente a la cámara y por ende, existió. Ahora bien, al ver a Napoleón montando su caballo en el célebre retrato realizado por David [1] no cuestionamos la existencia del emperador francés como tampoco la apariencia con la que se nos presenta en dicha pintura. Hasta hace pocos años, durante lo que algunos pensadores del arte denominaron “la era del Arte”[2] (el cambio se produce con las vanguardias en Europa, incipientes en el último tramo del siglo XIX –por ejemplo, el Impresionismo- e intensas en los albores del XX –Futurismo, Dadaísmo, para mencionar sólo dos ), las obras pictóricas debían ser como “ventanas”, el marco del óleo era análogo a un marco de ventana; es decir, aquello que se representaba en la pintura era tan realista que el espectador podía pensar que estaba admirando un paisaje (o retrato) verdadero. Entonces, podríamos hallar en este paradigma la razón (o una de las razones) por la cual solemos creerle a las imágenes. Sin embargo (¡atención!), no a cualquier tipo de imagen. Esto sucede, particularmente, con las obras pictóricas previas al invento del daguerrotipo y la fotografía. Creemos en esa imagen como creemos en la foto que tenemos de algún ser querido.
Pero ¿qué ocurriría si descubrimos que en el óleo “Batalla de Caseros al final del combate” pintado por el pintor uruguayo Juan Manuel Blanes entre 1856 y 1857 en el que se representa a Urquiza en combate, hay dos (sí, dos) Urquizas? ¿Y qué si sabemos que esto fue aprobado por el mismo Urquiza? El pintor tiene en sus manos la Verdad, es casi un dios, y como tal crea.
Y como los humanos estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, según se dice, muchas veces, nos permitimos también crear. Y una de las creaciones que adoramos hacer es la de la figura heroica, el Mito, ese héroe que crece sin detenerse a lo largo de los años de existencia de una comunidad.

El mito es entonces una creación de la sociedad, pero una creación que suele generarse por conveniencias. Que existe sin embargo para ordenar el mundo simbólicamente. Es decir, los mitos son necesarios para el crecimiento de una comunidad, para su sustento e identidad. Y si bien los mitos viven en el inconsciente son muchas veces los artistas los que tienen la tarea de plasmarlos para que, cuando no se tiene suficiente imaginación o cuando la vida arremete y el mito tiende a desdibujarse, se los recuerde con nitidez. En otras palabras, para que tengan un rostro.


Con este dilema se encuentra el pintor Juan Manuel Blanes (1830-1901) cuando se le encarga el retrato de José Artigas (1764-1850), el héroe uruguayo por excelencia. De dicho héroe sólo se conservaba un dibujo en el que aparece de perfil y ya en sus últimos años de vida. Blanes se ve obligado a reconstruir ese rostro (e incluso el cuerpo entero) a partir de ese anciano perfil pero rejuveneciéndolo. Deberá representarlo en sus años de héroe revolucionario activo ya que se le pide que represente, justamente, a “un héroe nacional” y no a un anciano. Es en este instante cuando la creación del mito comienza a cobrar una identidad más allá de las mentes (uruguayas en este caso). Ahora tendrá un rostro y así podrá figurar su imagen en los libros escolares de historia y en las oficinas municipales del país.
A partir de aquí, el film “Detrás del Mito” de Marcelo Rabuñal (re)construye con dinamismo y de manera certera “el romance” de la sociedad uruguaya con Artigas y, paralelamente, el proceso de creación de toda figura mítica. Y si bien todo se sustenta con información histórica, el foco está puesto en este proceso de producción a partir de la mano creadora del artista (uno de los artistas que reflexiona sobre Artigas afirma que el prócer es la Marilyn Pop[3] de Uruguay).

Que en el film se le dé a los niños en etapa escolar, a J. M. Blanes y a Stephen Mancusi (artista forense estadounidense clave para este mito uruguayo) la misma importancia que a la figura de Artigas, deja en claro el carácter colectivo del mito; cada integrante de ese colectivo será una pieza fundamental en la configuración de dicha identidad mítica. “Detrás del Mito” además de ser una interesante y profunda (sin dejar de ser fresca y ágil) reflexión sobre cómo el arte dialoga con la sociedad y logra convertirse en la fibra fundamental que sostiene la identidad de un grupo social, también puede “leerse” como un mensaje sutil para los artistas contemporáneos, que tienen en sus manos el futuro mitológico de la humanidad y que, a veces pareciera, no son conscientes de su importancia.


Manuela Rímoli



[1] “Napoleón cruzando los Alpes” 1801, óleo sobre lienzo, 227 x 230 cm. Jacques-Louis David (1748-1825) Actualmente en el Museo del Louvre en París.
[2] Danto, Arthur C. (2012) “Capítulo 1: Introducción: moderno, posmoderno y contemporáneo” en “Después del fin del arte. El arte contemporáneo y el linde de la historia” Bs As, Argentina, Ed. Paidós.
[3] Se está haciendo alusión a la famosa obra de Andy Warhol (1928- 1987) “Las cuatro Marilyn” (1962), serigrafiado sobre lienzo, 73,6 x 60,9 cm (Colección Sonnabend)

miércoles, 29 de marzo de 2017

La pasión de Manuel Puig. “Pubis Angelical”.

Manuel Puig es uno de los escritores más importantes de la literatura argentina y latinoamericana. Nació en el año 1932 en General Villegas, un pueblo de la provincia de Buenos Aires y cultivó desde pequeño su amor por el cine. Ese amor lo llevó becado hasta Roma, donde realizó cursos de dirección en el Centro Sperimentale di Cinematografía. También estudió en la Facultad de Filosofía y Letras en la Argentina. Es en el año 1968 cuando se publica su primer novela “La traición de Rita Hayworth”, cuyo título funciona como una clave para entender la vida de Puig. Su pasión primera, el cine, se desprende de sus palabras y se transforma en un protagonista paralelo en todas sus historias. Historias humanas, profundas, narradas con un talento único y una vez leídas, atesoradas por el lector para siempre. Después de escribir admirables novelas como “The Buenos Aires Affair” (1973) o “Cae la noche tropical” (1988), el escritor fallece en México en el año 1990.
Tres fueron  las novelas de Puig llevadas al cine: “Boquitas Pintadas” (dirigida por Leopoldo Torre Nilsson, año 1974), “Pubis Angelical” (dirigida por Raúl de la Torre, año 1982) y “El beso de la mujer araña” (de Héctor Babenco, año 1985). En esta parte primera dedicada a la pasión de Manuel Puig  se pondrá en foco la segunda película, la del director Raúl de la Torre.


Pubis Angelical, la novela.
Publicada en el año 1979 “Pubis Angelical” es una de las novelas más conocidas del escritor argentino. En ella se narran tres historias diferentes pero sutilmente conectadas entre sí. Como no podía ser de otra manera, la primera que se nos presenta transcurre en el pasado, es la historia de una actriz de cine, famosa por su belleza, que ahora se encuentra controlada por su millonario y misterioso marido. Esta historia se irá sucediendo llena de situaciones típicas de las películas de cine negro norteamericano, tan admiradas por el escritor. La segunda historia – situada en los años ’70- es la de Ana, una mujer sensible y temerosa que se encuentra internada en un hospital en México, exiliada y sola. En realidad, su compañía es Beatriz, una amiga mexicana que es realmente fiel y Pozzi, un exiliado político y a su vez, ex amante de Ana. La tercer y última historia es la historia de W218, una prostituta del futuro; su vida transcurre en un mundo destruido casi por completo por una guerra atómica.
Las tres mujeres, cada una a su manera, son prisioneras. Se encuentran acorraladas, ya sea por el Gobierno o por un poder superior a ellas que las controla y las reprime. Este poder está siempre representado por hombres (maridos, amantes, políticos). La manera que el escritor tiene de presentarnos y desarrollar las diferentes formas en las que una mujer puede encontrarse desesperada y acorralada es admirable. Éste es uno de los grandes talentos de Puig, describir las problemáticas
femeninas sin caer en lugares comunes. Lo hace de un modo excepcional; a lo largo de toda la novela accederemos a las mentes de las tres protagonistas al leer, la mayoría de las veces breves pero siempre excelentes, monólogos directos que contienen una gran riqueza psicológica.
La historia de la clásica actriz cinematográfica está íntimamente ligada al amor del escritor por ese tipo de cine, que tanto conocía y que tan bien sabía narrar (el cine de los primeros 50 años del siglo XX, ese cine dorado). La segunda, con su exilio y sus reflexiones sobre la política argentina de los años ’70, parece una declaración entre grito y mutismo del mismo Puig, quien abandona la Argentina tras la censura de su novela “The Buenos Aires Affair” (1973) para nunca más volver. Este exilio obligatorio será una herida que nunca sanará y que el escritor hilará entre sus palabras hasta su última novela, siempre con una gran sutileza y calidad. Y la última historia puede leerse como su propia decepción ante un mundo alejado del glamour del cine de antaño y lleno de violencia para las personas sensibles y perceptivas, como él mismo era.
La novela es una delicia literaria, como todo lo de Manuel Puig, perfectamente narrada y con una fluidez narrativa placentera que se genera no sólo por el estilo de escritura del autor sino por el perfecto hilo conductor (casi) invisible que une las tres historias.

Pubis Angelical, la película.
La película de Raúl de la Torre (estrenada en 1982) respeta la forma tripartita de la novela de Puig pero no logra la conexión inteligible entre las partes. Si bien las tres historias son diferentes y no tienen algún suceso concreto que las una entre sí de manera clara, en la novela podemos entender que la mujer y sus problemáticas frente al poder masculino, también sus miedos y sus obsesiones, son el hilo conductor de la historia. El escritor también nos da indicios para creer que la mujer protagonista de cada historia está ligada por lazos de sangre o lazos casi igual de poderosos con las otras dos.
Es por la ausencia de estos indicios que la película se desenvuelve de manera confusa para aquel que no haya leído previamente la novela. Sin embargo, lo que de la Torre utiliza acertadamente, para darnos una sutil (o no tan sutil) clave de unión entre las historias es que las tres mujeres protagonistas (la actriz de Hollywood, Anita y W218) están interpretadas por la misma actriz, Graciela Borges.


La historia más contundente, por sus actuaciones y su ritmo de narración es la que transcurre en México y Argentina en la década del ’70. Graciela Borges se luce especialmente, su actuación interpretando a Anita es casi perfecta, casi a la altura de una de las actrices que viven en la mente de Puig. Alfredo Alcón, un actor más que excelente, no defrauda pero se aleja del estereotipo de hombre que el escritor había descripto en su obra, lo cual hace que los sentimientos de Anita no logren quedar tan claros ni ser tan comprensibles como en la novela. Alcón tiene una presencia más fina y caballeresca que Pozzi (el hombre a quien encarna) que en la obra literaria se nos presenta como a una persona un poco bruta e insensible.
A raíz de la corta duración de la última historia, De la Torre parece darle poca importancia a la misma. Lo cual resulta un error ya que W218, la mujer del futuro, es la que contiene la clave para comprender el título de la novela (y por ende, de la película). Particularmente, con “Pubis Angelical”, comprendiendo el título conocemos qué es lo que funciona como hilo conductor de las diferentes historias y la esencia dela historia se nos revela brillante. Esta comprensión nos la otorga un fino y metafórico diálogo en la última historia, una conversación entre prostitutas que en el film se reduce a pocas palabras casi inentendibles.


La historia menos lograda es la que narra la triste vida de casada de la actriz de cine, bella y famosa. Esta historia se desarrolla en escenarios como Europa Central y Hollywood en la década de 1930. Si bien en la novela nos sentimos ante una película de esos años, en la obra del director argentino la historia se nos presenta como una pantomima o una farsa. Casi una burla.
El dilema en torno a las adaptaciones cinematográficas de obras literarias es infinito. Cada caso es una situación diferente. En éste, De la Torre llevó al cine una obra literaria compleja. No sólo por los jugados senderos que toma la historia sino porque Puig tenía una manera muy particular de presentar sus historias, una manera muy cinematográfica que (paradójicamente)a la hora de “transformarse” en un film, generaba complicaciones de diferente índole. Para quien escribe, en el caso de “Pubis Angelical” el director no sale airoso; se perdió en el entramado novelístico del escritor. 


De todos modos, Graciela Borges y Alfredo Alcón a pesar de estar un poco lejos de los personajes descriptos por el escritor, son excelentes actores protagonistas, como en casi toda su filmografía.También la elección de los actores secundarios es muy acertada: Pepe Soriano, Nora Cullen y Arturo García Buhr. Destacando a China Zorrilla y Silvia Pinal.
La buena noticia es que las buenas elecciones no terminan en lo actoral.

Pubis Angelical, el disco.
Charly García estuvo a cargo de la banda sonora. Banda sonora que se editará como disco doble: “Pubis Angelical/Yendo de la cama al living” (1982). Las canciones del segundo disco (Yendo…) fueron compuestas de manera simultánea a las de la música para el film pero no forman parte del mismo. 

Las canciones de Pubis… crean una atmósfera de melancolía y misterio. Se puede sentir en las melodías una extraña sensación de tiempo esfumándose; sensación que genera nostalgias por el pasado pero también -a raíz del uso de sintetizadores y efectos electrónicos-nostalgias por el futuro.
Si bien Charly estaba dando sus primeros pasos en su carrera como solista, este disco retoma algunas de las hermosas melodías que ya habían sido parte de un disco anterior de su carrera, “Peperina” (1981), de su grupo musical Serú Girán (integrado también por David Lebón, Pedro Aznar y Oscar Moro). Melodías como la de “Llorando en el espejo” que en esta banda sonora aparecerá renovada bajo el título de “Crimen, Divina, Productor”.
Escuchar el disco entero, como si no hubiese sido concebido para una película, es una experiencia sonora especial que los seguidores de Charly García no volverían (¿y no volveremos?) a tener ya que es un punto bisagra en su carrera que delimita perfectamente su etapa de Serú Girán con su etapa, a venir, solista. Es un disco con un brillo singular en el que puede sentirse el carácter lúdico que caracterizó al músico desde principios de su carrera; carácter típico de aquellos que no sólo recibieron educación musical sino que tienen talento.
La música de Pubis…tiene vida propia, más allá de formar parte de una película.El trabajo musical de un artista de la talla de Charly García, en una de sus décadas doradas, eleva el nivel del trabajo cinematográfico de De la Torre.

Todos los pubis juntos*

El talento de los tres creadores argentinos es indiscutible. Los escritos de Manuel Puig lo colocan en el merecido lugar que ocupan aquellos escritores respetados y reconocidos de la literatura contemporánea, la obra cinematográfica de Raúl de la Torre es admirada y aplaudida y la extensa carrera musical de Charly García dio a nuestros oídos numerosas satisfacciones musicales.
Sin embargo, en el caso de Pubis Angelical, la combinación no fue del todo satisfactoria. Una magnífica novela y un disco luminoso encuentran entre sí la tentación de un director de cine talentoso que, a pesar de todo, no cumplió con las expectativas.


Manuel Puig, apasionado amante del cine, creció cautivado por su magia. Tres veces el cine volvería su mirada hacia Puig de manera explícita. Si bien con De la Torre el cine no estuvo a la altura de ese amor, no había sucedido lo mismo con Leopoldo Torre Nilsson, otro de los directores que llevó a la pantalla grande una de las más entrañables novelas del escritor "Boquitas pintadas"...

*"Todos los pubis juntos” es el título de la última canción del disco “Pubis Angelical” de Charly García.


Manuela Rímoli.

martes, 14 de marzo de 2017

Espejos femeninos en el cine argentino, la venganza de María Luisa Bemberg.


María Luisa Bemberg (Buenos Aires, 1922-1995) se dedicó, en nuestro cine nacional, a la mujer desde la mujer e hizo uso del séptimo arte tal y como había planteado Bertold Brecht décadas antes en el ambiente teatral: para que el “despertar” se genere el espectador no debe dejar de divertirse. Por “diversión” se entiende “disfrute”, el fluir de y con la narración. Y, probablemente, sea esto lo que se le ha criticado a la directora, ya que sus films parecen simples (casi banales) historias, “cuentitos de hadas” o melodramas. Sin embargo, cabe preguntarse si el público argentino de las décadas del ‘70 y ‘80, principalmente, hubiese asistido a proyecciones de películas de avanzada, “difíciles” que reflexionaran sobre la situación de la mujer. La historia de las rupturas nos da una respuesta y es no. Entonces, este disfrute (que no es necesariamente risas) es el anzuelo que hizo que las películas de Bemberg llegaran a muchos y es lo que hace que creadores como ella se destaquen con el paso del tiempo y, por qué no, sigan creciendo ya que supieron usar el arte como una herramienta sin abandonar lo artístico.

En los dos cortometrajes con los que inicia su carrera como directora hay mujeres. Es en el segundo, “Juguetes” (1978), donde se nos presenta a las ¿futuras? víctimas, las niñas. ¿Y qué agregar sobre el primero titulado “El mundo de la mujer” (1972)? El título (y el contenido) de éste funciona como faro en su filmografía. Y quizás si colocáramos una coma entre el título del primero y el del segundo cortometraje, obtendríamos un guiño sino irónico, triste: la preocupación (y ocupación) de Bemberg que, sin embargo, no se dedicó a dar mensajes moralistas ni tampoco a reclamar derechos. Su obra artística está ligada a una “filosofía de la mujer” tal como afirma Clara Fontana en “María Luisa Bemberg”[1], una filosofía que funciona como un espejo que no refleja meramente a las mujeres sino que les otorga nuevas perspectivas para la reflexión. La propia directora afirmaba que su madre era una víctima que se ocupaba de formar futuras víctimas y que ella no quería parecérsele, que quería vengarla y de alguna manera hacer que otras posibles víctimas rompieran con la opresión del medio. Con el tiempo su “venganza” se entrelazó con el Arte. 
Bemberg ya insinuaba esta venganza, quizás sin saberlo, en dos películas en las que fue la encargada de los argumentos, “Crónica de una señora” (1970, de Raúl de la Torre) y “Triángulo de cuatro” (1974, de Fernando Ayala), en estos films comienza a transitar un camino de coherencia y honestidad. En el de Ayala una de las protagonistas dirá “sólo sé cocinar y hacer el amor” y es ésta la opresiva oscilación femenina para Bemberg, aquellas únicas dos acciones para las que la mujer sirve. Ésta (o su imagen) desde tiempos lejanos fluctúa en la dicotomía donna angelicata- femme fatale. Cocinar (ser esposa, sumisa, fiel, obediente, cuidadosa) o hacer el amor (ser amante, pasional, seductora). Sin embargo, María Luisa Bemberg no da una respuesta concreta porque tanto la cocinera como la amante siguen siendo mujeres que, al fin y al cabo, ceden.

Su respuesta abierta es su propia filmografía que contiene (de “contener” -abarcar, comprender pero también sofrenar, moderar-) mujeres que son esenciales para que el reflejo-despertar suceda: la mujer madura, reflexiva pero adúltera (Momentos, 1980); la señora fresca, bella pero traicionada (Señora de nadie, 1982); la jovencita apasionada y libre pero asesinada (Camila, 1984); la misteriosa y atractiva pero sola (Miss Mary, 1986); la intensa, audaz y sensible pero encerrada (Yo, la peor de todas, 1990) y la dulce e inteligente, pero marginada (De eso no se habla, 1993). Por estos “pero” su respuesta es abierta, una respuesta sin conclusión. Y es que como con toda pregunta, la respuesta es armada y desarmada por cada individuo.
Quizás, la que Bemberg quiso dar (respuesta-consejo, respuesta-opción) esté casi oculta en el cortometraje “Juguetes” en el que un entrevistador le pregunta a una niñita: “Bárbara, ¿qué vas a ser cuando seas grande?” y ésta, como incuestionable respuesta, abre su campera y con una sonrisa muestra su remera en la que puede leerse “BARBARA”, es decir, un nombre propio (y el corto está dedicado: “A Bárbara con esperanza”).

En tiempos de manifestaciones públicas de repudio a la violencia de género, volverse hacia lo sutil del cine de Bemberg refresca las preguntas y aviva las respuestas. Esperanza.

Filmografía:
Colaboraciones en el argumento: Crónica de una señora (1970) dirigida por Raúl de la Torre y Triángulo de cuatro (1974) dirigida por Fernando Ayala.
Como directora: El mundo de la mujer (cortometraje, 1972), Juguetes (cortometraje, 1978) y los largometrajes Momentos (1980), Señora de nadie (1982), Camila (1984), Miss Mary (1986), Yo, la peor de todas (1990) y De eso no se habla (1993).

Manuela Rímoli



[1] Fontana, Clara (1993) “Los directores del cine argentino: María Luisa Bemberg” Bs As, Argentina, Ed. Centro Editor de América Latina (con el auspicio del Instituto Nacional de Cinematografía)

jueves, 9 de marzo de 2017

¿Amor no correspondido? David Kohon y Buenos Aires.

El cine argentino tuve un punto de inflexión creativa hacia 1960, este cambio lo introdujo la llamada Generación del ’60, un grupo de cineastas (también de argumentistas y guionistas) que fueron para nuestro cine nacional lo que la Nouvelle Vague o el Free Cinema fueron para el cine europeo francés e inglés, respectivamente. Sin embargo, cabe aclarar que no tenían las mismas ambiciones ni “métodos” de vanguardia. El punto que los conecta es, nada más y nada menos, el hecho de que ver una película de este grupo de directores era (y sigue siendo) una oleada de aire fresco y de infinita creatividad, al igual que el cine de las vanguardias mencionadas.
Manuel Antín, Rodolfo Kuhn y David José Kohon son solo algunos de los nombres del grupo Generación del ‘60.

Con una acotada filmografía -dos cortos y siete largometrajes- Kohon se destaca por su poética y su capacidad para retratar a su ciudad, Buenos Aires. Siempre asados, siempre tangos, siempre colectivos, cafés, bares y lunfardo.
Su segundo corto se titula “Buenos Aires” (1958) y, paradójicamente, sirve de corona para toda su obra posterior.

En todas sus películas Buenos Aires aparece como el escenario de historias de gente común y sus diferentes maneras de relacionarse con la soledad. "Siempre me interesó lo que sucede cuando no sucede nada. Además, una forma de caracterizar a las personas es descubrir lo que hacen cuando están solas, en su intimidad. Y no tiene por qué siempre suceder algo importante" afirmaba Kohon repasando su filmografía en una serie de entrevistas con Javier Naudeau *.
A su querida Buenos Aires la vemos nocturna y la vemos de día.  La arquitectura porteña, y también la del interior de la provincia de Buenos Aires, se revaloriza frente a la cámara de Kohon. Los edificios y las casas, las calles, las ventanas y los bares parecen desplegar sus alas de pavo real frente a los ojos del cineasta, iluminando las escenas de sus películas de manera única. La arquitectura porteña se nos revela como un arte perdido en el tiempo, llena de esplendor y belleza en las primeras décadas del siglo XX y ya a punto de transformarse en algo diferente en la década del ’60. Sin embargo, Buenos Aires hoy (y desde hace tiempo) ya no parece corresponder ese amor.

Los protagonistas de las historias (siempre excelentes actores como Alfredo Alcón, María Vaner, Lautaro Murúa y Walter Vidarte, por mencionar unos pocos) atraviesan la ciudad sin mirarla, sin saber, quizás, que años más tarde serían los protagonistas no sólo de hermosas películas sino de un documento valiosísimo que funcionaría para siempre como una ventana al pasado argentino.
Y para hacer de este hermoso romance entre Kohon y Buenos Aires un romance de verdad, en muchas de sus películas la música estará a cargo del gigante Astor Piazzolla, que inunda las imágenes con sus sonidos y crea una atmósfera que sus amantes encontramos única e irresistible.
Estar enamorado de una ciudad no sólo significa adorar su arquitectura sino también sus ritmos, sus sonidos y las costumbres de quienes la habitan. Los colectivos de línea y los autos dibujan diagonales en la pantalla generando una dinámica urbana en medio de la cual los protagonistas vivirán sus días con sus frustraciones, como Alfredo Alcón en “¿Qué es el otoño?” (1976) o sus romances, aunque sólo duren una noche como el de María Vaner y Alcón en “Prisioneros de una noche” (1962) o sean su primer historia de amor como la del protagonista de “Breve Cielo” (1969), un muy joven Alberto Fernández de Rosa.

Kohon afirmaba: “a veces no es necesario hacer algo nuevo, sino algo auténtico, que surja del sentimiento y de la sensación del mundo personal de cada uno.” Y sí, su cine es auténtico y por ello tiene una gran poética personal, casi una filosofía (que a veces se escapa de las bocas de sus personajes, como en “La nube” un episodio de “Tres veces Ana” (1961), donde Lautaro Múrua interpreta a un crítico de cine que no solo “opina” sobre películas). Dicha poética contiene un sinfín de metáforas. Como por ejemplo en la ya mencionada “La nube” en la cual el protagonista, alias Monito (un siempre excelente Walter Vidarte) sueña con compartir sus solitarios días con Ana, una misteriosa mujer (encarnada por la también misteriosa María Vaner) que cada día, antes de tomarse el colectivo para ir a trabajar, ve parada frente a una ventana en lo alto de un edificio. Sueña con ella todos los días y para mostrarnos esta fantasía de Monito, Kohon nos regala algunas de las escenas más poéticas y bellas del cine argentino. Esta historia, tan metafórica, tan única, es una piedra preciosa que, para quien escribe, representa a toda la obra del director argentino. Toda su poética y unicidad.

Hoy la belleza de Buenos Aires no es la misma; además las películas del director fueron difíciles de conseguir por mucho tiempo. Actualmente, se encuentran al alcance del espectador en una cuidada colección editada por J. C. Fisner. Sin embargo, en el DVD número 1 de la colección se aclara “Los originales de estas películas están perdidos. Esta edición tiene algunas deficiencias de imagen y sonido”. Más allá de la profunda pena que genera la pérdida de los originales, las deficiencias que tienen las copias no imposibilitan el disfrute.

De todos modos, lo bueno de esta historia de amor dispar (aunque, en realidad, no sabemos qué siente Buenos Aires) es que cuando la ciudad se vuelva hacia el director, no va a ser tarde. Y esa es una de las virtudes del Arte. El Arte espera siempre, porque vive siempre.



Filmografía de David José Kohon: La flecha y el compás (corto - 1950), Buenos Aires (corto - 1958), Prisioneros de una noche (1960), Tres veces Ana (1961), Así o de otra manera (1964),  Breve cielo (1969), Con alma y vida (1970), ¿Qué es el otoño? (1976) y El agujero en la pared (1982).

*Las citas de David Kohon extraídas de "Conversaciones con David José Kohon - Un film de entrevista", de Javier Naudeau - Fondo Nacional de las Artes, Buenos Aires 2006.


Manuela Rímoli

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Mi primera lección me la dio una película*. “Accattone” (1961) Pier Paolo Pasolini.

“Italia se despierta” dice una mañana uno de los amigos de Accattone mientras se despereza en un sórdido café de Italia. Sin embargo, esta afirmación para el espectador se vuelve pregunta, “¿Italia se despierta?” Y desde otro lugar, Pasolini, en el paradójico silencio que es el cine, grita, quizás ruega, “Italia… ¡despierta!”

Pier Paolo Pasolini inaugura su carrera como director de cine en 1961 con “Accattone”, película que narra la historia de un italiano sin dinero, sin esperanzas y sin trabajo. Este italiano es Accattó (como lo llaman sus amigos), un hombre que desea dinero, se encomienda a Dios (pero ¿quién se lleva las almas? ¿Jesucristo o el Diablo?) y prostituye a sus mujeres.
Esta ópera prima reúne dos particularidades, por un lado inaugura al Pasolini director con toda la riqueza que él traía consigo: poética, militancia política, obras teatrales, crítica literaria y guiones de cine para directores de la talla de Federico Fellini. Y por otro lado, el film ve la luz en una década novedosa para la cinematografía europea, una época floreciente de Nuevos Cines que buscaban (lográndolo) contar las historias de una manera diferente.
“Accattone” es considerada por muchos críticos como una película neorrealista pero el aparente Neorrealismo de Pasolini ya no es el de la postguerra italiana (como el de Roberto Rossellini, por ejemplo, con su célebre “Roma, cittá aperta”). Sin embargo, al igual que éste, en “Accattone” se busca mostrar esa (otra) nueva realidad, la realidad que sólo se reconoce cuando se la muestra y que en este caso es la realidad que Pasolini quería mostrar. Aquella realidad que él creía necesaria dar a conocer para que, al menos alguien, pudiera “despertar”. El director prefería usar el término “épico” más que “neorrealista” para hablar de su ópera prima, y quizás pudiera hallarse más cercano al Teatro Épico[1] de Brecht que al Neorrealismo de Rossellini.
Sin embargo, adjetivando al film de una u otra manera, es la poesía pasoliniana que se entremezcla constantemente con el crudo relato social la que hace de este estilo cinematográfico algo singular, ese algo que se podrá encontrar en todas las películas del director que vendrían después. Un atractivo ejemplo son las canciones italianas típicas que cantan los personajes del film, distraídos, casi tarareándolas, pero que nos llevan a la reflexión del suceso particular que se nos presenta. Otro
ejemplo, algo más profundo, son los nombres de las mujeres de Accattone. Sus nombres son una clave para desentramar sus significativos roles en la vida del miserable italiano: Maddalena, la primera, aquella que lo ve como su verdadero amor pero condenándolo al fin y la segunda mujer, que aparece cuando todo parece estar gobernado por el desamparo de Dios, Stella (“estrella” en italiano) que le devuelve la esperanza e incluso lo enamora, cambiando el rumbo de su vida.


En su texto “La primera lección me la dio una cortina”[2] Pasolini sostiene que los objetos son signos lingüísticos que se dirigen a los hombres de manera objetiva y les enseñan lo que necesitan saber sobre la vida que llevan. Los objetos están ligados a la condición económica y social del sujeto. Pero la particularidad es que se presentan de tal manera que se hacen descifrar como nuevos y desconocidos. Todo antes de que el sujeto posea una memoria (recuerdos) que lo lleven a llenar de significado a dichos objetos. También dirá que el discurso que proviene de estos objetos es entonces pedagógico e indiscutible, lo cual lo hace autoritario y represivo. A su vez, Pasolini dirá que el lenguaje de las cosas es muy parecido al lenguaje de la televisión, es decir, pragmático y sin posibilidades para la réplica o la resistencia como tampoco para lo alternativo.
Ahora bien, “Accattone” imparte una lección que se aleja de la enseñanza autoritaria de los objetos. Cada espectador, como sucede con toda obra maestra, terminará la obra en su interior, sacará diferentes conclusiones.  Conclusiones que inclusive variarán con el tiempo y la madurez de cada uno. Sin embargo, hay algo que esta intensa ópera prima nos deja a todos los espectadores y es aquello que nos da la clave para entender la vida y la obra del director como también algo preciado para nuestras vidas.
El film, al ser una sucesión de acontecimientos teñidos de miseria, desesperación y escepticismo (o quizás una especie diferente de fe) musicalizados con la obra de Johann Sebastian Bach (compositor barroco [1685-1750]), una vez más entremezcla la realidad y la poesía.
El hecho de que todos los sucesos “mundanos” que acontecen en la vida de Accattó estén acompañados de melodías sublimes le quita el velo a esa aparente profanidad mostrando cuán sagrada es la existencia humana y que profundidad existe en el carácter mundano de las vidas minadas por la mentira y la trampa.
Cuando la policía le pide los documentos a Accattone, éste protesta, se resiste y los increpa diciéndoles que no tiene documentos, que ¿quién los tiene? y que él sabe bien quién es, con o sin ellos. Y es así, a través de las reflexiones “intempestivas” de sus personajes, como Pasolini atraviesa a todo aquel que se preste a sus obras. Él sabía quién era y sabía quiénes seríamos nosotros. Pasolini nos enseña con sus películas el posible camino que el ser humano puede desandar para desarmarse y volver a armarse con honestidad. Ese camino de real deconstrucción que posibilita el ser.


Manuela Rímoli.


[1] Bertolt Brecht, dramaturgo alemán, proponía un teatro a través del cual los hombres adquirieran una actitud crítica frente a la realidad que vivían. Aspiraba a que se lograra reconocer a la realidad como algo cambiante y no como una estructura inamovible.
[2] Pasolini, Pier Paolo (2010) Gennariello en Lettere Luterane, Madrid. Ed. Mínima Trotta. (edición original 1975)

* El título de esta nota hace alusión a "La primera lección me la dio una cortina", véase nota 2.