María Luisa Bemberg (Buenos Aires, 1922-1995) se
dedicó, en nuestro cine nacional, a la mujer
desde la mujer e hizo uso del séptimo arte tal y como había planteado
Bertold Brecht décadas antes en el ambiente teatral: para que el “despertar” se
genere el espectador no debe dejar de divertirse. Por “diversión” se entiende “disfrute”,
el fluir de y con la narración. Y, probablemente, sea esto lo que se le ha criticado
a la directora, ya que sus films parecen simples (casi banales) historias, “cuentitos de hadas” o melodramas. Sin
embargo, cabe preguntarse si el público argentino de las décadas del ‘70 y ‘80,
principalmente, hubiese asistido a proyecciones de películas de avanzada,
“difíciles” que reflexionaran sobre la situación de la mujer. La historia de
las rupturas nos da una respuesta y es no. Entonces, este disfrute (que no es
necesariamente risas) es el anzuelo que hizo que las películas de Bemberg llegaran
a muchos y es lo que hace que creadores como ella se destaquen con el paso del
tiempo y, por qué no, sigan creciendo ya que supieron usar el arte como una
herramienta sin abandonar lo artístico.
En los dos cortometrajes con los que inicia su
carrera como directora hay mujeres. Es en el segundo, “Juguetes” (1978), donde
se nos presenta a las ¿futuras? víctimas, las niñas. ¿Y qué agregar sobre el
primero titulado “El mundo de la mujer” (1972)? El título (y el contenido) de
éste funciona como faro en su filmografía. Y quizás si colocáramos una coma
entre el título del primero y el del segundo cortometraje, obtendríamos un
guiño sino irónico, triste: la preocupación (y ocupación) de Bemberg que, sin
embargo, no se dedicó a dar mensajes moralistas ni tampoco a reclamar derechos.
Su obra artística está ligada a una “filosofía de la mujer” tal como afirma
Clara Fontana en “María Luisa Bemberg”[1],
una filosofía que funciona como un espejo que no refleja meramente a las
mujeres sino que les otorga nuevas perspectivas para la reflexión. La propia
directora afirmaba que su madre era una víctima que se ocupaba de formar
futuras víctimas y que ella no quería parecérsele, que quería vengarla y de
alguna manera hacer que otras posibles víctimas rompieran con la opresión del
medio. Con el tiempo su “venganza” se entrelazó con el Arte.
Bemberg ya insinuaba
esta venganza, quizás sin saberlo, en dos películas en las que fue la encargada
de los argumentos, “Crónica de una señora” (1970, de Raúl de la Torre) y
“Triángulo de cuatro” (1974, de Fernando Ayala), en estos films comienza a
transitar un camino de coherencia y honestidad. En el de Ayala una de las
protagonistas dirá “sólo sé cocinar y
hacer el amor” y es ésta la opresiva oscilación femenina para Bemberg,
aquellas únicas dos acciones para las que la mujer sirve. Ésta (o su imagen) desde
tiempos lejanos fluctúa en la dicotomía donna
angelicata- femme fatale. Cocinar (ser esposa, sumisa, fiel, obediente,
cuidadosa) o hacer el amor (ser amante, pasional, seductora). Sin embargo, María Luisa Bemberg no da una respuesta concreta porque
tanto la cocinera como la amante siguen siendo mujeres que, al fin y al cabo, ceden.



En tiempos de manifestaciones públicas de repudio a
la violencia de género, volverse hacia lo sutil del cine de Bemberg refresca
las preguntas y aviva las respuestas. Esperanza.
Filmografía:
Colaboraciones
en el argumento: Crónica de una señora (1970) dirigida por Raúl de la Torre y
Triángulo de cuatro (1974) dirigida por Fernando Ayala.
Como
directora: El mundo de la mujer (cortometraje, 1972), Juguetes (cortometraje,
1978) y los largometrajes Momentos (1980), Señora de nadie (1982), Camila
(1984), Miss Mary (1986), Yo, la peor de todas (1990) y De eso no se habla
(1993).
Manuela Rímoli
[1]
Fontana, Clara (1993) “Los directores del cine argentino: María Luisa Bemberg”
Bs As, Argentina, Ed. Centro Editor de América Latina (con el auspicio del
Instituto Nacional de Cinematografía)
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