En su célebre ensayo La cámara lúcida (1980) Roland Barthes afirma que no hay fotografía sin algo o alguien, ya que más allá de lo que ella
nos muestre o la manera en que sea usada, la foto es siempre invisible. El
autor sostiene que, en realidad, no es a
la fotografía a la que vemos sino a aquello que fue objeto de la foto. A su vez, Barthes plantea algo sumamente
interesante que es que aquel que se encuentra, posando o no, frente a un
objetivo fotográfico (y más allá frente al ojo del fotógrafo –o al dedo unido al disparador, como dirá el
autor-) se transforma en objeto dejando
ya de ser sujeto.
Relacionado
a estos cuestionamientos filosóficos sobre la Fotografía se encuentra el
documental La imagen perdida (2013) dirigido por Rithy Panh quien durante su
infancia y adolescencia sufrió junto a su familia la violencia de vivir en los
campos agrícolas, en los cuales obligaban a vivir a todos los ciudadanos de
Camboya que en la década del ’70 se encontraban a merced del poder del régimen
comunista de Pol Pot. Eran campos de reeducación
donde obreros, intelectuales y niños trabajaban a la par y sin diferencias de
posición. El documental gira en torno a la reflexión sobre aquellas imágenes
que no existen o que (supuestamente) se perdieron: “la imagen perdida es aquella foto que no existe, aquel registro
fotográfico de una situación que no fue realizado” nos dice la voz que nos
relata toda la historia de estas familias prisioneras del régimen. Y la
sensación que esta voz nos transmite constantemente es la de no existir a raíz de esta imagen
faltante. Como si toda la tragedia y su dolor no hubiesen existido sólo porque no
hay un registro de ello.
¿Dónde están
esas imágenes que muestran la realidad de toda la situación? ¿Por qué sólo
existen registros de prisioneros trabajando contentos, entusiasmados y hasta
sonrientes? ¿Por qué no se muestra la verdad, la otra cara? ¿Por qué? Estas son las preguntas que se
hace el narrador/protagonista, preguntas que se hizo durante mucho tiempo y que
no lo abandonan hasta el día de hoy.
La historia
está narrada por una voz amable, suave, respetuosa que de alguna manera se
vuelve “neutra”, dejándonos entrever su grandeza de espíritu, y quizás, hasta
su perdón, a pesar de ser el único
sobreviviente de su familia muerta por las condiciones de vida inhumanas de los
campos. De todos modos, esta voz no deja de emitir frases punzantes como “todo empieza con la pureza y acaba con el
odio”, “una imagen puede ser robada, un pensamiento no” o refiriéndose a la
extrema situación de reeducación: “reconstrucción
o destrucción”.
Más allá de los hechos verídicos tan
angustiantes, la creatividad se impone y da lugar a la poesía: la mayor parte
del documental está protagonizada por pequeños muñecos de arcilla que,
sorprendentemente, transmiten emociones tan profundas como si se tratara de
actores de carne y hueso. Es muy probable que esto se deba a que, justamente,
estos muñequitos representan a
personas de carne y hueso que fueron tratadas como si fueran muñecos, juguetes,
títeres con los cuales alguien podía jugar a armar y desarmar caprichosamente.
También hay filmaciones reales de la época y algunas fotos, que -como ya se
mencionó- no muestran la crudeza verdadera de la vida en los campos pero que no
dejan de ser un registro de que, al menos, esa “reeducación democrática”
existió.
Por otra
parte, la musicalización (a cargo de Marc Marder) es delicada y certera, no se
impone al dolor ni a la voz del narrador. Sabe acompañar cuando debe hacerlo y
es la protagonista cuando el sonido musical es el que debe cumplir el rol de
narrador.
En suma, el
documental se sucede armoniosamente, sin golpes bajos. Sin embargo, no deja de
ser honesto y el padecimiento de los camboyanos es claro.

Desde el
principio del film nos da a conocer a su familia y su modo de ver la vida,
lleno de lirismo y música, y son estas las mismas cualidades que tendrá su
imagen (ya no) perdida. Es admirable
como una vez más, el dolor y la impotencia ligados al perdón y a las ganas de
vivir crean una obra de arte.
Manuela Rímoli.
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